MIEDO, lato sensu (II)

Ayer fue Halloween, un día en el que la emoción del miedo se vuelve protagonista. Las personas buscan su look más espeluznante, se preparan pasajes del terror, las decoraciones se vuelven aterradoras y el entorno se transforma en una película de esas que gusta ver en compañía. Y claramente, detrás de todo esto, hay un interés por pasarlo bien y disfrutar, miedo mediante. ¿No es curioso eso? ¿Que el miedo se convierta en una emoción de la que poder disfrutar?

Si hablamos de miedo, la gran mayoría podemos tener claro que nos referimos a una respuesta emocional que desencadena una serie de cambios a nivel fisiológico, cognitivo y conductual. De hecho, todos podemos saber que esta emoción nos guía hacia tres respuestas fundamentales: lucha, huida o parálisis. Pero, ¿qué ocurre a nivel cerebral? ¿Qué origina esta tormenta de cambios?

Simplificando mucho, podemos decir que el cuerpo central en el funcionamiento del miedo es la amígdala, una pequeña estructura situada en el sistema límbico, el llamado “cerebro emocional”. Ésta actúa como un sistema de alarma: procesa rápidamente la información del entorno en busca de señales de peligro y habilita, si es necesario, un bagaje de respuestas casi instantáneas a dichos estímulos, promoviendo así nuestra adaptación y supervivencia.

Así pues, si nos encontramos en una situación de peligro, ésta se convierte en una vía rápida y efectiva, en la que nuestra respuesta se activa antes incluso de que hayamos podido ser conscientes de aquello que nos está asustando. Es decir, la respuesta que se produce es automática. No obstante, esto a veces da lugar a error… Todos nos hemos llevado alguna vez un buen susto por algo que verdaderamente no tenía la importancia que nuestro cerebro y nuestro cuerpo le había dado.

En los seres humanos, estas situaciones se matizan gracias a una segunda vía de procesamiento en la que actúa nuestra corteza cerebral. Ésta es una vía más lenta, en la que se realiza un análisis más profundo de la información y, por lo tanto, que permite ir más allá de las reacciones automáticas para desarrollar una respuesta voluntaria y planificada. Es decir, la corteza prefrontal permite contextualizar la información y regular nuestra reacción en función de la situación. Por ejemplo, nos permite no salir huyendo cuando nuestro jefe nos está pidiendo rectificar un trabajo (eso no sería nada adaptativo).

En resumen, la amígdala es la principal encargada de activar todos los cambios que conlleva la respuesta emocional del miedo. A veces lo hace de forma automática, proporcionando respuestas rápidas y útiles ante señales de peligro intensas y relevantes para nosotros. En la mayoría de las ocasiones, la función de la amígdala está regulada por la corteza cerebral, que se encargará de matizar y dirigir esas respuestas, adaptándolas de una forma más precisa y útil al contexto en el que nos encontremos.

Sabiendo esto, y si ayer celebraste Halloween... ¡Tu amígdala tuvo un día intenso!

 

Elena López M.

Psicóloga y psicoterapeuta

 

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